Los supermercados y mi amigo Fer Martes, 23 de Marzo de 2010

miniyo1Maravillosa reflexión en facebook sobre el consumo, Fer. Muchas veces hemos hablado de este tema y la realidad es aplastante.

No puedo incluir un comentario en tu nota porque jamás estaría a la altura de lo que has escrito, así que he decidido incluir una nueva nota retomando el tema.

Me alegra ver que compartimos algunos recuerdos de infancia. Recuerdo de mi niñez, lo cotidiano que era acompañar a mi madre a la tienda de la señora Clotilde, cerca de nuestra casa, un local que siempre me pareció fascinante. En aquellos tiempos, hace más de 30 años, el ritmo de vida era otro, llegaba a la tienda de la mano de mi madre, pedíamos turno y sabía que, salvo excepción, pasaríamos allí un buen rato.

La tendera, Clotilde, dedicaba el tiempo necesario a atender a cada clienta con una amabilidad y eficacia que hoy día no es fácil encontrar. Una persona cercana y adorable que se convertía en un pilar básico de la comunidad. ¿Cuántas familias, que en aquellos días no llegaban a fin de mes, podían llevar un plato de arroz o un vaso de leche a su mesa gracias a Clotilde? Muchas, sin duda, no eran tiempos fáciles.

Allí también había tiempo para relacionarse con la vecindad, la señora Carmen, la madre de Juanqui, la de Fortea, etc. Prisas las justas, eran otros tiempos, primaban otros valores y no había televisión las 24 horas del día destripando en directo la vida de gente sin oficio ni beneficio pero con mucha habilidad para hacer plata (se dice así, ¿no es cierto?)

No olvidaré jamás el día que entré en la tienda de Clotilde y vi la casita de los Siete Enanitos de Blancanieves, una caja de cartón que en realidad era el aparador de un producto (no recuerdo cual) que estaba a la venta. Me quedé fascinado y enseguida me imaginé jugando con ella en mi habitación, aprovechando el batallón de la brigada aerotransportada, valientes soldados de 2 centímetros de altura, que la tomarían al asalto y establecerían allí su cuartel general. Mi madre me lo debió ver en la cara, porque sin que yo me enterara, le pidió a la señora Clotilde que en cuanto esa casita ya no le fuese útil, me la regalase. Y así fue, semanas después y tras vender todos los productos del aparador, la casita llegó a mis dominios, los de un niño de 10 años con mucha imaginación.

Pero a lo que vamos amigo Fer, si la cuestión es responder a la pregunta ¿Podemos vivir sin los supermercados? Tú lo has hecho maravillosamente bien, si y no, y esa es la respuesta correcta. Ahora bien, quizás la pregunta debería ser ¿Podemos vivir sin los supermercados en un mundo de consumismo y no de consumo? Y entonces la respuesta sería rotundamente no, no podemos ¿Acaso es posible el fútbol sin televisión? Si, el fútbol si, el negocio del fútbol no.

En un modelo de vida consumista como el nuestro, los supermercados, hipermercados y grandes centros comerciales son el eje sobre el que gira la vida de muchas personas. Satisfacen las necesidades básicas del día a día (alimentos, ropa, etc.) pero también proporcionan ocio, relaciones personales, cultura,... Algo que la adorable Clotilde jamás hubiese podido conseguir. Imagino que ahora a Clotilde le pediríamos que organizase exposiciones de pintura contemporánea en el rincón de la fruta, un salón de juegos para los niños junto al expositor de la carne (así dejaríamos a los niños atendidos) un mini golf y pista de padel para los papas, un restaurante de comida rápida y una sala de cine para visión en 3D en el almacén, y por supuesto abierto de lunes a domingo las 24 horas. No, Clotilde no podría ofrecer eso, ella era otra cosa, era nuestra tendera, la tendera del barrio.

Si hablamos de casos concretos como Carrecuatro, El Tajo Irlandés, Mercaseñora o Pía, no confundir con otros, no puedo dejar de pensar que en definitiva son grandes empresa creadas con un fin muy claro, ganar dinero. Empresas que han de responder ante sus accionistas, los cuales esperan una cosa, obtener un beneficio económico mayor que el año anterior y a ser posible menor que el próximo. Algo absolutamente legítimo.

Pero el análisis no puede ser tan simplista, hay muchos matices que incluir y esta nota no podría incluirlos todos, pero al menos me gustaría decir que las leyes y normas que deben regular las actividades de pequeños, medianos y grandes comercios no deberían favorecer a unos frente a otros, en este caso siempre en el mismo sentido, a los poderosos frente a los pequeños, sino ¿Cómo se entiende que cada vez se permita la apertura de comercios en más días festivos? ¿Qué incidencia económica tiene para Mercaseñora abrir un domingo? ¿Y para las pequeñas tiendas de las Clotildes que aún quedan? Mercaseñora no necesita pagar ni una sola hora extra para abrir un domingo o día festivo, solo tiene que trasladar personal del resto de la semana al día festivo, de modo que alguien que trabajaba el lunes de 10 a 18 horas, esa semana lo hará el domingo de 10 a 18 horas y todos contentos, o casi todos. Sin embargo Clotilde que trabaja de lunes a sábado y solo cierra el domingo, sabe que abrir el domingo o día festivo le supone dejar de descansar o tener que contratar a alguien y pagarle un dinero extra que probablemente no recupere con los ingresos de ese día extra. No compiten en igualdad de condiciones.

Claro que si además trasladamos el día de la compra semanal al domingo, cuando los pequeños comercios cierran ¿Con qué parte sobrevivirán ellos?

Dices, con mucha razón, que no compramos con el bolsillo, y yo añado que muchas veces ni siquiera con un poco de sentido de común. Con la idea instaurada en la sociedad, de que la crisis económica solo se superará si aumenta el consumo (¿Quién fomenta esto?) hasta límites que deje de ser consumo para ser consumismo, parece que todo vale.

Como dice Fer, “ya podemos pagar sin intereses”, pero no solo sin intereses, sino que además podemos aplazar el pago de la primera cuota entre 6 y 8 meses, para que durante todo ese tiempo podamos disfrutar de la sensación de estar disfrutando de ¡Una compra gratis! ¿Gratis? Al menos hasta que el primer recibo del banco llama a la realidad. El otro día hablaba con alguien que había decidido cambiar todos los electrodomésticos de casa, aprovechando la oferta de El Tajo Irlandés para pagar en 12 mensualidades sin intereses y pagando la primera mensualidad en septiembre ¿Cómo es posible? –pensé- ¿Pero esta familia no está pasando por graves apuros económicos? Debió leer mi mente, ya que a continuación me dijo que a pesar de las dificultades por la que pasaba su familia, pensaba que para el mes de septiembre podría pagar sin problemas las 12 mensualidades de los electrodomésticos, seguro que su suerte cambiaba. Claro está que no me atreví a plantearle la posibilidad de que la cosa no mejorase para septiembre y no pudiese hacer frente a los pagos ¿Qué pasaría entonces? ¿El banco, amablemente, aplazaría la deuda? ¿Seguiría sin intereses? ¿Su familia se vería afectada? Y sin ir tan lejos, ¿Acaso necesita cambiar todos los electrodomésticos? Probablemente no.

El otro día me fijé en un nuevo producto a la venta en Carrecuatro, unos cereales de cuya marca no quiero hablar. Nosotros consumimos en casa esa marca, concretamente en un envase de 500 gramos a un precio habitual de 2,99 euros, es decir 5,98 euros el kilogramo de producto. Esa misma marca de cereales ha puesto en el mercado un envase en forma de tazón de leche que contiene una cantidad entre 30 y 40 gramos (no recuerdo bien, pero representa una ración media). El envase te permite prescindir de la “engorrosa” faena de coger una taza de loza, verter una pequeña cantidad de cereales directamente de la caja, añadir leche y consumir. Luego, claro está, hay que lavar la taza para volver a utilizarla. Ahora abres el nuevo envase, añades leche y consumes, luego te ahorras su lavado porque lo tiras a la basura.

Un pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para la humanidad. Solo dos pequeñas puntualizaciones:

1. Dos consumiciones diarias de cereales en mi casa supondrían el uso de más de 700 envases de plástico, que a pesar de que después los tire al contenedor amarillo para su reciclaje, su fabricación habría supuesto el uso de grandes cantidades de energía y materias primas.
2. El precio de la unidad era de 1,38 euros, lo que daba un precio de ¡46 euros por kilogramo de producto! Casi ocho veces más por el mismo producto pero con diferente envase ¿Estamos dispuestos a pagar 46 euros por un producto que en la estantería de al lado cuesta 5,98 euros?

Por eso Fer, la pregunta que le dejo a nuestros amigos es ¿Consumimos para vivir o vivimos para consumir?

Y una última cosa, cuando te preguntas si esas empresa están realmente comprometidas con el medio ambiente, te digo que su política de comunicación dice una cosa y sus hechos otras, y para comprobarlo solo tienes que darte una vuelta por sus oficinas o hablar con sus empleados...

Amigo, a ti te dedico este tema de Najwa Nimri “Push it”.

Gracias.

 


 

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